Yo y los demás, los demás y yo

Nunca me imaginé escribiendo un texto que simulase ser un diario. Lo habré intentado en dos ocasiones y las recuerdo como estrepitosos fracasos de muy corto recorrido. Pero cuando la distancia que nos separa de los demás está bajo vigilancia, el tiempo a solas con uno mismo se multiplica, y si bien no creo que un confinamiento vaya a suponer un gran cambio personal (ni en mí ni en nadie), también es cierto que las nuevas rutinas se abren camino para que el transcurrir del tiempo nos sea más llevadero. O al menos eso fingiré creer durante estas líneas en las que hablaré sobre el engañoso espacio entre el yo y los demás.

John Donne decía que no somos islas, Sartre que el infierno son los otros, Mae que los otros son el paraíso y Esquirol que nunca nos expulsaron del paraíso porque afortunadamente nunca estuvimos en él.

Soy un lector amable y no suelo tener reparos a la hora de admirar las ideas ajenas, pero a veces llego a sentirlo como algo a corregir, un defecto, como si fuese alguien de ideas frágiles y tambaleantes que se confunde y divaga entre la admiración de las ideas ajenas y la volubilidad de las propias. Por eso últimamente tengo la costumbre de discutir las ideas que me convencen, de poner a prueba mi tendencia a aceptar con excesiva facilidad las ideas ajenas, aprender a filtrarlas y no ser tan permisivo con los discursos que aunque sean buenos no sean para mí.

Así empecé a pensar que Donne no tenía razón, e incluso y disfruté llevándole la contraria y pensar que sí, que somos islas, que vivir es en parte construir puentes que facilitan las idas y venidas de lo ajeno; pero siempre con peaje y nunca con el tiempo suficiente como para explorar todos los rincones. De ahí que cada visitante vuelva con una opinión propia, suya, única, pues nunca nada es algo completo. La plenitud es utopía y buscarla parte de nuestra naturaleza. Es por ello que por mucho que lo intentase no logré matizar la idea de Esquirol de que no nos expulsaron del paraíso porque afortunadamente nunca estuvimos allí; siempre y cuando entendamos ese paraíso como un lugar absoluto, un lugar en el que el vivir es tedio y apatía, nuestras resistencias no tienen razón de ser, todo está dado, todo hecho, no debemos de arroparnos y protegernos, los demás nunca son refugio porque no hay motivos para resguardarse de nada… un lugar horrible. Yo tampoco quiero un paraíso así, creo que la vida es vida cuando nos sentimos viviéndola y solo pensando, resistiendo y amando se vive. 

Respecto a Sartre y su categoría de infierno para los demás creo que no depende tanto del otro sino de la elección que haga uno mismo en cuanto a quien quiere que para él sean los demás. Ese imperfecto pero preciado paraíso es elegir bien a los demás y el infierno, tampoco absoluto pero peor lugar, qué duda cabe, sería hacerlo mal. Decía Bu, fantástica tuitera a la que leerla es parte de mi rutina diaria, que quien dice que el infierno son los otros suele ser una persona infernal. Sonreí y le di la razón. Si consideras horrible todo lo ajeno es que solo te apetece fijarte en lo malo de lo inconcebible del mundo, menospreciando aquello que nada tenga que ver contigo desde un falso trono en el que nadie te dio permiso para sentarte. La aspereza y cansancio de una compañía así tiene que rozar lo insoportable.

Valter Hugo Mae, respondiendo a Sartre al final de su maravillosa novela Hombres Imprudentemente Poéticos, afirma que los demás son el paraíso, y aunque prefiera esta opción, no deja de ser un posicionamiento un tanto naif y peligroso, pues tristemente y citando los últimos versos de El Rey Lear, todos queremos un mundo en el que se dice lo que dicte el corazón, en vez de lo que deberíamos decir, pero no vamos a pecar nosotros también de ingenuos, bien sabemos que fingir es esencial para la convivencia y eso implica aprender a vivir con una tenue y recelosa actitud de prevención en esas afueras del inexistente paraíso; sin obsesiones y paranoias, ya que una excesiva preocupación por la mirada y el pensar de los demás y su influencia en la construcción del yo nos conduciría a protagonizar un cuento de Pirandello. Y tampoco.

La vida incluye innumerables sufrimientos y sinsabores, y resistirlos es un proceso más soportable cuando tenemos a alguien al lado. Nos toque vivir mejores o peores tiempos, sea nuestra vida más o menos afortunada, los pesares suelen pesar demasiado como para que uno pueda sobrellevarlos por sí mismo, en soledad. La evanescencia del desamparo siempre es otra voz y nunca el eco. El eco, desde su origen ya en la mitología griega, es castigo y maldición.

De ahí la importancia de saber rodearnos bien, entendernos como islas que deben abrir puentes, querernos y dejarnos querer. El valor de acertar al elegir nuestros demás y sentir que son piezas fundamentales de nuestro imperfecto paraíso. Me apenan las almas que no llegan a la conclusión de que lo mejor que tenemos es quienes nos rodean, porque pese a todo y aunque pretendan hacernos creer lo contrario, la gente es una maravilla.

Portada: Graduation ceremony in the Novotsherkassk Cossack cadet corps. (Thomas Dworzak, 1997).

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