El Mago – John Fowles

Qué difícil es hablar de algunos libros… sobre todo cuando lo mejor que puedes hacer para invitar a leerlos es pronunciarte lo menos posible. Trataré de no hacerlo a pesar de que tanto por extensión como por lo que pretende abarcar sea una obra de la que se puedan decir muchísimas cosas.

El Mago es una novela extraña y magnética. Te cautiva. También es hechizante, tramposa, excéntrica, humanista, artificiosa, seductora, hiperbólica… inteligente en muchas páginas pero ingenua en otras; onírica en ocasiones y con una verdad tan sentida en su trasfondo que te lleva a reflexiones que siempre han estado en ti, sin tú siquiera saberlo. A veces te acompaña gentilmente con seriedad científica para de imprevisto, a mitad de camino, empujarte a un abismo metafísico que no sabes si clasificar como fábula religiosa o thriller existencialista. Diría que es un libro sobre Dios, o al menos sobre la concepción que de él tenemos los humanos. Una ficción tan arraigada a la vida que he llegado a sentir que por momentos conversaba conmigo.

Para algunos lo puede ser todo, mientras otros lo considerarán una broma pesada, es decir: nada. Fowles decía que si El Mago tuviese “un significado verdadero” sería del mismo orden que el de los tests psicológicos de Rorschach; es decir, la reacción que provoque en el lector, cualquiera que ésta sea.

En la novela, vemos como Maurice Conchis juega con Nicholas Urfe para darle una especie de lección vital. La ejecución es turbadora, el recorrido fascinante y la lección enigmática. Fowles es el verdadero mago y sus lectores… sus lectores somos las víctimas.

El Mago me ha dado más preguntas que respuestas por lo que se quedará conmigo mucho tiempo. Puede que hasta lo haga para siempre. Quien sabe. ¿Mi opinión? Qué aventura.

“Mañana habrá amor para el que nunca ha amado
y para el que ama habrá mañana amor.”

(Pervigilium Veneris).

Editado por: Anagrama (Panorama de narrativas)
Traducción: Enrique Hegewicz
Páginas: 671
Fotografía de portada: Titania and Bottom (Johann Heinrich Füssli, 1790).

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