Lecturas de Verano (Parte III)

Detrás de la puerta (Giorgio Bassani, Acantilado)

“2019 será el año, entre muchas otras cosas, que empecé a adorar a Bassani. Qué dura va ser la espera del quinto y sexto libro de Ferrara”.

Este fue mi tuit nada más cerrar la última de las páginas de Detrás de la puerta, el cuarto libro del maravilloso proyecto literario de Bassani: La novela de Ferrara. 

En esta breve novela, Bassani narra (con la maestría, la elegancia y la lucidez que tanto me han conquistado) el nuevo curso de un alumno que además de despedirse de su hasta entonces mejor amigo también debe encajar en un nuevo contexto escolar, jugando sus cartas ante la nueva diversidad de profesores y compañeros de aula. 

El proyecto de Bassani siempre se ha comparado con el de Proust y en este relato soy yo el que he visto ciertos parentescos, los cuales he de confesar me han agradado mucho: la agudeza en la observación de la intimidad ajena, la verdad sobre uno mismo en las palabras de los demás y el dolor de la consciencia propia. Escenas como la que da título a la novela son buen ejemplo de ello. 

Me sumo a esa mayoría que considera El jardín de los Finzi-Contini como su mejor obra (a falta de leer la quinta y sexta parte), pero el similar tono elegíaco y esa revelación a cuenta-gotas de los horrores del fascismo que encontramos en estas páginas hacen que también me halle fascinado ante mi -de momento- última experiencia “bassaniana”.

Y es que entre las líneas de este relato sobre relaciones de adolescencia se esconde una oscura historia de líderes, colaboracionistas, informadores, testigos pasivos y la consecuente sombra de la intransigencia hacia lo diferente. Giorgio Bassani, todo un maestro de la sutileza.

En la belleza ajena (Adam Zagajewski, Pre-Textos)

La excelsa poesía de Zagajewski busca halos de luz en las asimetrías que nacen de la forma dicotómica que tenemos de entender la existencia; en sus placeres y sus horrores, en sus vestigios y sus inciertas promesas.

Este verano comencé a leer la poesía de Adam Zagajewski. Cuando terminé Asimetría (uno de los libros de poesía editados por Acantilado) tuiteé ese breve texto que encabeza esta parte de la entrada. Por lo que comprenderéis que siga -y que seguiré- leyendo su poesía.

Pero lo que más me ha seducido no han sido sus poemas, sino su libro En la belleza ajena; un cuaderno de notas de altísimo contenido biográfico que se ha convertido en uno de mis libros de cabecera. Os adelanto que en lo que me queda de vida me voy a hartar a recomendarlo.

Zagajewski, pese a escribir en prosa, no deja de ser poeta en el transcurso de estas páginas que danzan entre lo cotidiano y lo sublime, ensalzando la vida como una oportunidad para sentir. Su universo poético pertenece a las personas y a las ciudades, pero esta obra maestra va mucho más allá.

En la belleza ajena es un libro en el que vemos la sensibilidad artística del autor. Así, en muchos de sus pasajes nos narra cómo otros poetas, músicos, pintores le cautivaron por completo… y así surge el efecto dominó, ya que sus palabras sobre la contemplación, la pausa y la fascinación ante un cuadro, una escena literaria o un paseo por ciudades que fueron pero ya no son lograrán el mismo efecto en sus lectores.

«Pobre del escritor que antepone la belleza a la verdad» sostiene Zagajewski en una de sus notas… y yo respondo: bendito el escritor que mediante su verdad logra tanta belleza.

La penumbra que hemos atravesado (Lalla Romano, Periférica)

Ante mi inminente viaje a Italia acudí nervioso e impaciente a una de mis librerías favoritas en busca de alguna novela italiana que me acompañase en mis viajes en tren de ciudad en ciudad. Y entre las novedades me encontré este libro que ya desde el título cautiva con esa cita de Proust (sí -ya lo he citado dos veces- disculpad), la foto antigua de una niña pensativa entre libros y la confianza que da saber que está editada por Periférica. Ni lo dudé.

En esta novela Romana nos cuenta el retorno al hogar de su infancia y con él acompañan unas remembranzas bellísimas y delicadas que no pierden el equilibrio y así evitan caer en el pozo de esa nostalgia tramposa y pretenciosa que es a veces hablar de cuando éramos niños.

La inteligencia de Romano brilla con más intensidad en la forma que tiene de esculpir el tiempo. En sus retazos de lo ya vivido reina la aceptación de la inconsistencia del presente, de comprender las cosas una vez éstas ya ocurrieron y por lo tanto se fueron.

Pero para qué seguir hablando de su concepción del tiempo pasado (pero no perdido) cuando las palabras más acertadas son las suyas:

No hay arrepentimiento ni nostalgia en este libro, pues aquel mundo no está perdido. Es cierto que ha pasado, irrevocablemente; pero ahora lo comprendo, lo amo y, finalmente, lo poseo. Como dice Faulkner, la felicidad no es, pero fue.

Leedla.

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