El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes – Tatiana Ţîbuleac

Este libro es un laberinto de flores cuyos pétalos son de cristal.

Qué dulce desconcierto cuando empiezas una novela y por mucho que te esfuerces no intuyes a donde te va a llevar. Las primeras páginas de la novela de Tîbuleac despistan al lector. El protagonista es odioso y sus sentimientos parecen impostados, una parodia forzosamente exagerada sobre la desafiante actitud de los adolescentes hacia sus madres. Pero nos falta mucha información. La paciencia del lector se premia con una gloriosa recompensa.

En las primeras páginas uno se siente perdido. El planteamiento de la novela resulta vacilante y la sensación de que la página siguiente va a ser determinante para saber lo que la obra quiere explorar y cómo lo va ha hacer despierta nuestros primeros miedos. Porque esa duda no se resuelve ni rápido ni de forma fulminante. Van cambiando los matices, el tono, la atmósfera, las relaciones entre los personajes y el nexo entre el lector y la novela. Y al ritmo que se renuevan los ojos de la madre también lo hace nuestro modo de percibir la obra.

La belleza va abriéndose hueco y en la narración monocromática de las primeras páginas empiezan a florecer los colores. Pero el jardín no deja de herir. En nuestras pisadas empezamos a sentir las raíces del dolor y pequeñas piedras se cuelan en nuestro calzado. Incómodos y desorientados vemos las primeras flores pero su belleza es peligrosa. Nos amenaza. El verde esplendor todo lo matiza, el jardín comienza a extenderse y los pétalos se multiplican…. y todo duele. Y todo consuela. Y empezamos a comprender, poco a poco.

Este libro es el lamento por lo que la muerte roba y otorga a quien no marcha con ella. Este libro es el agradecimiento por lo que la muerte roba y otorga a quien no marcha con ella.

En el transcurso de la novela la muerte visita sus páginas en dos ocasiones. Una visita se narra en retrospectiva, siendo la raíz de muchos de los males que padecen los personajes principales. La segunda visita no se da hasta el final de la historia, pero se intuye al poco tiempo de que la narración arranque.

La novela en esencia trata sobre el perdón y los dolorosos e inevitables lazos emocionales que nacen de nuestra convivencia con la muerte. Tîbuleac logra relacionar todo ello con elegancia e intimismo, porque pese a la excesiva brusquedad y crudeza de sus primeras páginas, la autora va desdibujando la extremista malquerencia del arranque y comienza a esbozar una insoportable misericordia que todo lo trastoca.

Así, la muerte en esta obra es el accidente total, la hecatombe que todo lo destruye y desordena; el frío abrazo que consuela y el susurro que incita a ensamblar las piezas que ella misma despedazó. En la obra, la primera de las muertes es la ruina del vínculo maternofilial y la segunda el pretexto para su reparación. La muerte hace, la muerte deshace.

Este libro es un ruego por los atisbos de luz en los rincones más inhóspitos.

Creo que gran parte de la intensidad narrativa de esta novela se debe a que todo en ella es recuerdo. Aleksy, el protagonista, es un pintor en plena crisis creativa que recurre a un servicio de psiquiatría y allí rememora el verano en que su madre tuvo ojos verdes como recurso catártico y remedio para su bloqueo artístico.

Y de ese ejercicio memorístico nace la historia que Tîbuleac traza con temple y maestría. La anteriormente citada crudeza de su atropellado inicio resulta engañosa y puede llevarnos a equívocos, pero la autora no tarda en medir la fuerza de su prosa convirtiendo los primeros puños al aire en secos y duros golpes de timón que logran un relato de ritmo impecable.

Mención aparte el bellísimo capítulo final de un sólo párrafo que condensa a la perfección toda una vida (la del protagonista) y exhibe la poética de la supervivencia y sus mecanismos. Es un cierre sublime.

Este libro es penumbra. Un espacio que danza entre la luz y la oscuridad. Porque como bien decía Tanizaki, la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra y es la luz indirecta y difusa el elemento esencial de la belleza de nuestras residencias. Los destellos y las tinieblas que conviven entre la vida y la muerte. Entre el amor y el odio. Entre el castigo y el perdón. Entre un hijo y una madre.

Editado por: Impedimenta
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Páginas:  247
Reseña escrita mientras escuchaba: If These Trees Could Talk – The Bones of a Dying World
Fotografía de portada: Denis Sarazhin (Find you, 2018)

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4 comentarios en “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes – Tatiana Ţîbuleac

  1. No sé si la palabra bonita es acertada, pero lo cierto es que me ha parecido una manera muy bonita de hablar de un libro.
    A la autora no la conocía y como te dije cuando me comentaste la lectura, me pareció un título de esos que invitan a curiosear.
    Algunas de mis mejores lecturas del año pasado tenían justamente el duelo como hilo argumental, no sé si en esta ocasión se habla de la muerte a través del duelo o no, intuyo que quizá, en parte, sea así…,al menos por lo que he deducido de tus pequeñas pistas, es un tema por el que siempre siento curiosidad, cómo la gente se enfrenta a él/ella y que incluso en ocasiones se convierte en catárquico o incluso en el comienzo de algo.
    Todo este rollo que te cuento, para decirte que voy a buscar el libro en la biblioteca porque me ha gustado mucho cómo has hablado de él. Muy poético y muy simbólico, ya sabes que son dos cosas que siempre me gusta encontrar en las lecturas en general 🙂
    Curiosidad: ¿tiene cierto toque a Dolor y Gloria de Almodóvar?
    ¡Un besote John!

    Le gusta a 1 persona

    1. De algún modo ‘bonita’ puede ser una palabra apropiada ya que la literatura que a mí me gusta encuentra belleza hasta en lo más trágico. Yo tampoco conocía a la autora pero aposté por ella y gané. No te voy a negar que el precioso título y el trabajo de Denis Sarazhin que aparece portada tuvieron mucho que ver en la elección.

      La presencia de la muerte es innegable y el duelo tiene su peso en el relato, sobre todo en el personaje de la madre, pero creo que en este libro lo que verdaderamente importa es el perdón. Me encanta que hables de mi reseña utilizando la palabra “pistas”, sabes que no me gusta ahondar demasiado en las sinopsis de las novelas; nunca he considerado el “storytelling” como lo esencial de la literatura, sino una herramienta más de todo lo que en ella cabe. El “de qué va” puede ayudar porque todos tenemos nuestras filias y fobias pero si hablase de mis libros favoritos nombraría mil cosas antes que “lo que cuentan”.

      Ya sabes que para mí siempre es un enorme placer hablar contigo (sobre libros o sobre cualquier otra cosa) por lo que si finalmente te animas, aquí estaré esperándote.

      Ah, y entiendo tu mención a Dolor y Gloria. Se me hace una comparación difícil pero el recurso narrativo del artista venido a menos que repasa su vida (y una madre omnipresente) se repite en ambas obras, aunque de modo muy distinto. De ahí quizás tu pregunta, supongo.

      Como siempre, mil gracias por la visita Eibi, ya sabes que aquí eres invitada de honor.

      ¡Besos!

      Le gusta a 1 persona

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