Las Pequeñas Virtudes – Natalia Ginzburg

Lo que debemos recordar sobre todo en la educación de nuestros hijos es que su amor por la vida nunca debe debilitarse.

Hace apenas un mes os decía que 2019 sería entre otras cosas el año que descubrí a Gonçalo M. Tavares. Y si bien no mentía, sería totalmente injusto no decir lo mismo sobre Natalia Ginzburg. Sí, lo sé, todos estamos hartos de que cada semana salga el libro del año y que cada descubrimiento sea lo mejor que nos ha pasado en la vida; pero a sabiendas de que podía alimentar dicho discurso, os estaría mintiendo si no mostrase mi total admiración por ambos escritores.

La motivación principal que me ha llevado a dedicarle una entrada a Las Pequeñas Virtudes es la necesidad de reivindicarla como lectura imprescindible para todo tipo de educador/a. La obra de Natalia Ginzburg ademas de ser una joya literaria, tiene un valor pedagógico inconmensurable.

Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.

Las pequeñas virtudes es una pequeña colección de 11 ensayos escritos entre los años 1944 y 1960. Todos los textos son maravillosos y, pese a su brevedad, en las 160 páginas que completan el volumen todo cabe: el amor, la guerra, el duelo, la amistad, el exilio… pero es debido a los dos últimos ensayos que al cerrar la última de sus paginas el lector siente que ha dedicado su tiempo a una obra muy especial.

En Las relaciones humanas, el penúltimo texto, Ginzburg retrata todas nuestras vidas, las ya vividas y las que están por vivir. Para todo tipo de lector hay una reflexión, una frase, un estallido de humanismo en el que sentirse identificado. Y lo hace en treinta míseras páginas. Muy pocos escritores tienen el talento para realizar semejante proeza. Robándole las palabras que creo haberle leído en twitter a Gonzalo Torné, en casos como los de Ginzburg, Wharton, Munro o Woolf no me fijo en si son mujeres… ¡bastante me cuesta asimilar que sean humanas! Pero lo son, y como tal hay que reivindicarlas, porque nada tienen que envidiar a nadie. A ningún hombre.

Pero como he mencionado previamente, si algo me ha incitado a escribir sobre Las pequeñas virtudes es por lo que ha significado para mí ya no solo como lector, o como persona, sino específicamente como educador. No me viene ningún otro libro que contenga tanta sabiduría para los docentes de hoy. Sí, de hoy. Porque las pretensiones de Ginzburg son todavía objetivos a cumplir.

El último texto, que también da título al libro, reflexiona sobre lo que se debe de enseñar a los niños/as. Y también sobre cómo debemos hacerlo. Ginzburg, que escribió este texto después de haber perdido a su marido y en consecuencia haber criado a sus tres hijos en soledad, define una serie de máximas que aun a día de hoy muchos considerarían radicales. No hay más que ver su propuesta sobre cómo se debería de tratar el tema del dinero con los más pequeños:

En cuanto nuestros hijos empiezan a ir a la escuela, nosotros les prometemos dinero como premio si estudian mucho. Es un error. Así mezclamos el dinero, que es una cosa sin nobleza, con una cosa meritoria y digna, como es el estudio y el placer del conocimiento.

Para Ginzburg el dinero es algo “innoble” y se muestra contraria a enseñar a ahorrar a los niños, ya que el anhelado objeto por el que se ahorra, un juguete caro por poner un ejemplo, nunca cumple las expectativas alimentadas por tanta espera y tanto dinero.

No está mal que hayan sufrido una decepción, lo que es peligroso es que se sientan solos sin la compañía del dinero.

Y es debido a ese tipo de dinámicas por lo que terminamos formando a personas que desde pequeñas extrañan el dinero y entienden el ahorro como un proyecto seductor.

Su planteamiento educativo respecto al dinero es la de una crianza que se sustente en la indiferencia hacia el dinero, dejando a los niños que lo gasten y lo compartan, en libertad y sin remordimientos, para que así la luz que les guíe, su vocación, sea lo que aman y no lo que esté bien remunerado económicamente. Es un enfoque profundamente idealista y radical en su humanismo.

Porque Ginzburg no cree en las pequeñas virtudes, sino en las grandes. Y el horizonte que dibujan esas grandes virtudes debe ser la meta para toda aquella persona que dedique parte de su vida a la educación. Porque como siempre defiendo: los niños son niños… pero serán adultos.

No es que las pequeñas virtudes sean, en sí mismas, despreciables, pero su valor es de orden complementario, no sustancial; no pueden estar solas sin las otras, y solas, sin las otras, son un pobre alimento para la naturaleza humana.

Pero las grandes virtudes no se respiran en el aire y deben ser la sustancia prima de nuestra relación con nuestros hijos. Además lo grande puede contener a lo pequeño, pero lo pequeño, por ley de naturaleza, no puede en modo alguno contener a lo grande.

Y a pesar de estar a años luz de la sabiduría y lirismo de Ginzburg yo también creo en una educación que “no se cimiente en el ahorro, sino en la generosidad e indiferencia hacia el dinero, no en la cautela sino en el coraje y el desprecio por el peligro, no en la astucia sino en la franqueza y el amor a la verdad; no en la diplomacia sino en el amor al prójimo y en la abnegación; no en el deseo del éxito, sino en el deseo de ser y de saber”.

Editado por: Acantilado
Traducción: Celia Filipetto
Páginas:  164
Reseña escrita mientras escuchaba: Laura Stevenson – The Big Freeze
Fotografía de portada: Inge Morath/Magnum Photos

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5 comentarios en “Las Pequeñas Virtudes – Natalia Ginzburg

  1. ¡Hola John!
    Tengo a Natalia pendiente desde que la conocí en el Adopta una autora, me han recomendado millones de veces sus libros, en concreto, estas pequeñas virtudes y Léxico familiar, pero aquí sigo sin leerla. Es la típica lectura que voy dejando para otro momento y me acuerdo de ella cuando veo una reseña como la tuya y pienso “tengo que leerla”.
    Me ha parecido muy interesante lo que cuentas de Las pequeñas virtudes, igual me equivoco, pero creo que hasta ahora no había leído una reseña que la recomendara desde el punto de vista educativo, como haces tú.
    No puedo estar más de acuerdo con ella, en cuanto a recompensar con dinero a los niños, como si todo fuera “comprable”; afortunadamente mis padres no eran así, y si en algún momento había “premio” por buenas notas, siempre fueron libros y excursiones.
    Re-anoto de nuevo a Natalia Ginzburg para leerla, a ver si este es el empujón definitivo para dejar de posponer su lectura.
    ¡Feliz día John!
    Besotes.

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    1. ¡Hola Eibi!

      Estoy convencidísimo de que adorarás a Ginzburg. Escribió para que la leyeses, no te digo más, jajaja. Creo que “sus pequeñas virtudes” encajan muy bien con tu persona y sería una fantástica entrada para su universo literario. Si próximamente dispones de un día que puedas dedicarlo completamente a la lectura, lánzate a por esta obra.

      Como bien sabes, el tema educativo me pilla muy de cerca y quizás por eso me he quedado sobre todo con esta parte, aunque los once relatos son dignos de mención. Lo mío con Ginzburg ha sido todo un flechazo.

      Como siempre, un honor tenerte por aquí. Te he hablado en mil ocasiones de las alegrías que me dan las notificaciones que me avisan de tu llegada.

      ¡Besotes de vuelta!

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  2. Sí, a mi es el capítulo que más me ha gustado. Las grandes virtudes que hay que enseñar, la importancia de la vocación, el amor a la vida…

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  3. Me ha encantado la reseña y has despertado por completo mi curiosidad.
    Es un verdadero placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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