El Reino – Gonçalo M. Tavares

Klaus: “¿Quieres perturbar a los tanques con prosa?”

El rey de la concisión.

A pesar de tener prácticamente casi todo 2019 por delante soy consciente de que muchos y muy buenos libros he de leer para que El Reino de Gonçalo M. Tavares no acabe siendo una de las lecturas del año.

Desde el descubrimiento de László Krasznahorkai no recuerdo un escritor que me haya despertado tanta fascinación. Bueno, quizás sí, Valter Hugo Mae también me enamoró con sus Hombres Imprudentemente Poéticos. Curiosamente él también es un escritor portugués nacido en Angola; aunque apenas encuentre más coincidencias entre su literatura y la de Tavares. Casualidades geográficas aparte, ser admirador de uno no conlleva serlo del otro.

No ocurre lo mismo entre Tavares y Krasznahorkai. Pese a que en la superficie su escritura no podría ser más opuesta, ambos parten de la misma raíz. Krasznahorkai es ese genio de oraciones serpenteantes sin fin, frases que parecen no acabar nunca y dejan al lector sin aliento, obligándole a aprender a leer de nuevo, a respirar la literatura de otro modo. Tavares en cambio es un maestro de la concisión, dueño absoluto de la síntesis. Pocos nombres me vienen a la cabeza capaces de decir tanto con tan poco. Cada frase suya, aunque sea de apenas cuatro palabras, también contiene un mundo. Tavares evita las florituras lingüísticas, sus ideas se concentran en breves oraciones, entiende cada frase como algo esencial, convirtiendo así su literatura en un lenguaje propio.

Y siendo el húngaro un genio de las frases infinitas y Tavares, por el contrario, un maestro de la concisión, ¿de dónde nace mi necesidad de comparar su literatura? Quizás porque, cada uno a su modo, ambos descienden del mejor Kafka. En la literatura de ambos el lector se adentra en atmósferas angustiantes y paranoicas que rozan lo terrorífico, con salidas de emergencia custodiadas por leves dosis de un humor incómodo y mordaz.

“La brutalidad se ha instalado y ya no hace daño a nadie”.

Guerra, miedo y enfermedad. La maquinaria del poder.

El Reino es una tetralogía compuesta por cuatro novelas interconectadas, pero que permiten una lectura independiente de cada una de ellas. Aun así, me voy a permitir recomendar su lectura como un todo, ya que es entonces cuando uno se da cuenta de todos los matices del ambicioso proyecto de Tavares; distintas perspectivas de los mismos horrores que sufren (o provocan) los protagonistas de las cuatro novelas, quienes comparten espacio (alguna ciudad centroeuropea) y tiempo (periodo de guerra a comienzos del siglo XX).

¿Y quién reina en El Reino? Se podría decir que la guerra, el miedo y la enfermedad, junto a vasallos como la injusticia, la ambición o la violencia. Son éstos los verdaderos protagonistas de la tetralogía ya que nunca abandonan del todo la desesperanzada prosa de Tavares a través de las más de 700 páginas que completan esta magnífica obra editada por Seix Barral.

En la primera novela, Un Hombre: Klaus Klump, se nos cuenta la historia de Klaus Klump, un hombre (¿o una bestia?) que se mueve en el fango de la guerra como pez en el agua. Una historia de cadáveres y de cuerpos que pasean alrededor. En estas páginas posee especial relevancia la mujer como gran víctima de la guerra. Porque cuando la violencia se instaura en lo cotidiano la distinción entre hombre y bestia pierde sentido, los hombres de esta historia matan, humillan y violan; y en los tiempos de paz esperan una nueva guerra para volver a matar, humillar y violar. Si muchos definen la paz como un espacio de tiempo entre guerra y guerra, para Tavares el hombre es la bestia domesticada que se contiene entre guerra y guerra.

Klaus: “Sólo existen dos clases de lugares en el mundo: lugares que se pueden incendiar y lugares que pueden ser inundados”.

La máquina de Joseph Walser es el reverso de Un Hombre: Klaus Klump. La otra cara de la moneda… aunque la moneda sigue siendo de oro.

En el mismo periodo y en el mismo lugar, una ciudad industrial que imaginamos gris, húmeda y mugrienta; donde la guerra se ha instaurado y ya no incomoda, dos hombres como Klaus Klump y Joseph Walser se enfrentan al horror con metodologías totalmente opuestas.

Si Klump era un hombre que representaba la fuerza y el poder de decisión, Walser es ese individuo que logra sus objetivos mediante la virtud de pasar desapercibido, la invisibilidad como mecanismo de defensa. En La máquina de Joseph Walser Tavares nos sigue hablando de la desesperanza, la guerra, el caos y la maldad; pero mediante un personaje que sale victorioso gracias a evitar lo inevitable: desconocer los sentimientos del amor y la amistad. No apasionarse, apenas ser… no decidir es en ocasiones la mejor de las decisiones, sobre todo cuando ser es padecer. Walser solo necesita un pequeño espacio donde mantener cierta armonía con su peculiar colección privada, mientras otros estúpidamente desean ser Grandes Hombres en un mundo despiadado y cruel.

En El Reino de Tavares la imposibilidad del individuo frente a la maquinaria del poder es absoluta, así, mientras Klump decide formar parte activa del horror, ser un engranaje más de esa maquinaria, Walser decide camuflarse en el colectivo, ser ese tornillo que no encaja pero que tampoco molesta.

Digamos que la guerra es una herramienta para mantener más o menos equilibrada la proporción de ricos y pobres, decía. Tras un largo periodo de paz, en el que los pobres procrean a un ritmo cuatro o cinco veces superior a los ricos, que son avaros hasta en el reparto de sus genes… Es decir, tras un periodo en el que la estructura del mundo deja que los pobres aumenten su masa de un modo brutal, surge una guerra, llegada de no se sabe dónde, para restablecer de nuevo una relación cuantitativamente tolerable entre el pueblo y las élites. Y es que, pese a todo, el dinero tiene sus límites frente a la fuerza física, y si los adversarios se van multiplicando la competición puede entrar en una pendiente irreversible que conduzca a nuestra derrota. Y que me perdonen los pobres y las viudas, decía Leo Vast divertido, pero a nadie, a nadie en absoluto le gusta perder. Ni siquiera a los ricos.

La tercera parte de la tetralogía, Jerusalén, es un maravilloso “teatro de terror” donde la narración se turna en breves capítulos de escenarios fijos y agoreras conversaciones. Los protagonistas (quienes dan título a cada capítulo) casan perfectamente con la atmósfera de las dos obras previas: personajes esquizofrénicos, hombres obsesionados con ordenar la historia del ser humano desde una perspectiva catastrófica, marginados sociales cuyas acciones son en parte fruto de lo que los demás esperan de ellos, discapacitados, etcétera. Todas estas historias individuales se entrelazan en un capítulo final en el que Tavares vuelve a mostrar su despiadada visión del la tragedia humana.

Klober: Ser feliz ya no depende de cosas que normalmente asociamos a la palabra ‘espíritu’. Depende de materias concretas. La felicidad humana es un mecanismo.

Y por último toca hablar de la última -y también mejor- novela: Aprender a rezar en la era de la técnica. Aquí Tavares nos cuenta la historia de Lenz Buchmann, uno de los más hábiles cirujanos del Reino y uno de los personajes más perversos que el lector conocerá nunca. En las primeras páginas de la novela vemos como Lenz decide guardar los bisturís en el cajón del olvido para empezar a operar a lo grande instaurando un miedo persistente como político de un partido fascista. Su padre, o la influencia que éste ha tenido en él para ser exactos, invade casi cada página del relato, siendo el dueño de las palabras que mejor resumen los propósitos de Lenz:

“Hacer lo que se quiere es el primer peldaño, el segundo es hacer que los demás quieran lo que nosotros queremos”.

Pero cuando crees que estás leyendo una novela sobre la dicotomía entre lo físico (cirujano) y el pensamiento (político) o una historia más sobre el florecimiento y culminación de un listísimo hijo de puta, Tavares frena en seco, mira al lector y sonríe maliciosamente para a continuación hablarnos del auge y caída de un hombre de infames ambiciones.

Sin previo aviso, el grandioso Lenz Buchmann, quien creíamos destinado a cumplir todos sus deseos políticos, cae gravemente enfermo y vemos como esa misma sociedad que él pretendía reconstruir a su gusto se escapa de sus manos de cirujano. El presente que tan bien había diagnosticado se deshace y el futuro que tan escrupulosamente había planeado ni siquiera existirá. Aprender a rezar en la era de la técnica narra el tránsito de la posibilidad de reinar un mundo a la realidad de tener como único refugio la cama de un moribundo.

Lenz Buchmann: “Una decadencia en pleno esfuerzo, que no descansa, que no tiene domingos”.

La rendición del lector.

Vila-Matas dice de El Reino que es “abrumadoramente político” y describe la tetralogía como “una investigación en torno al mal”. Otros hablan de Tavares como un profeta de esa amenazante Europa venidera aupada por la ultraderecha. Yo en cambio creo que la gran virtud de Tavares reside en su minucioso talento para percibir la realidad que nos rodea y servirse de ella para alimentar su ambiciosa imaginación. Pero qué sabré yo, si solo soy un simple súbdito eternamente arrodillado ante su reino literario. A sus pies.

Frederich Bunchmann: “No es propio de un hombre fuerte dejarse morir por la actividad de algunas células. Por el plomo, un Buchmann muere por el plomo”.


Editado por: Seix Barral (Biblioteca Formentor)
Traducción: Rita da Costa
Páginas:  725
Reseña escrita mientras escuchaba: Wrekmeister Harmonies – Night of your Ascension
Fotografía de portada:Philip Jones Griffiths / Magnum Photos

9 comentarios en “El Reino – Gonçalo M. Tavares

  1. Hola, John
    Leo tu reseña y me pregunto por qué no tienes una columna semanal en algún periódico o en algún magazine cultural. Me pregunto por qué la visibilidad en estos tiempos parece estar reñida con la calidad.
    Por casualidad (porque no tengo twitter) he visto tu comentario sobre bloggers con talento que logran captar tu atención aunque, en un primer momento pienses que no comparten contigo intereses lectores y creo que no podría venir más al pelo.
    No coincidimos en muchas lecturas, pero venir aquí y leerte me parece algo que me enriquece sí o sí. Y, encima, hoy me voy con este libro apuntado y con la firme determinación de leer al menos “Un hombre: Klaus Klump”, porque trata de varios temas que sí me interesan: la guerra, la maldad y el papel de la mujer en los conflictos.
    Y solo quería decirte eso. Que qué maravilloso es pasar por aquí y leerte (y también ver el cuidado de cada entrada, cada foto… todo).
    Un beso.

    Le gusta a 2 personas

    1. Hola Lidia,

      También me toca agradecerte por aquí tan amable comentario. Después de cuatro meses sin publicar ha sido la reseña que con más “miedo” he escrito, ya que ha estado semanas en mis borradores y no llegaba a enfocarla del todo.

      Pero tus palabras son todo un alivio además de energía para volver a escribir para el blog. Te agradezco de corazón la visita, me ha ayudado muchísimo.

      Un beso de vuelta.

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  2. ¡Hola! Aparecí, al fin.

    Creo que en este preciso instante no podría dejarte un gran comentario, pues todavía me encuentro bajo el hechizo que tus entradas provocan y esto se traduce en quietud. Pero aun así, deseaba dejar mi rastro, hacerte saber que he estado aquí, admirando cada una de tus palabras y compartiéndolas desde la distancia.

    Eres un gran creador de palabras, no cabe duda, en parte porque las estás sintiendo muchísimo. Y me encantan los lectores que viven con intensidad porque la pasión se transmite; necesitamos contagiarnos de ella para poder hacerle frente a nuestras realidades.

    ¡Un fuerte abrazo! (Suspiro.)

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias Diana. Cada vez que el blog me avisa de que has dejado un comentario nace en mi rostro una sonrisa de ilusión y aprecio.

      Ya te lo he dicho en otras ocasiones pero eres un recurso inagotable para que mis ganas de escribir no decaigan, tus palabras son energía pura.

      Cada entrada mejora con tu visita, no dejes de hacerlo por favor. Haces de este rincón un lugar más bello y para su autor ya eres una de las excusas para seguir publicando.

      GRACIAS.

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  3. Hace mucho tiempo que no te leía una reseña. Me ha gustado, aunque me dan un poco de pereza las sagas y las trilogías y similares. En cuaqluier caso, es que es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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