La soledad de Yasunari Kawabata

La butaca que giraba en el vagón panorámico volvió a su memoria. Era como si viera su propia soledad, que giraba y giraba dentro de su corazón. (Lo bello y lo triste)

Si repasamos la biografía del primer premio nobel de literatura japonés, resulta evidente que su vida estuvo fuertemente marcada por la soledad.

Yasunari Kawabata nació el 11 de junio de 1899, y esa vida que llegó en el adiós del siglo XIX estuvo marcada por constantes y dolorosas despedidas. Atended al siguiente párrafo de óbitos y números.

Al año de nacer, en 1900, su madre abandonó el mundo de los vivos y lo mismo hizo su padre cuando Yasunari tenía solamente cuatro años. Huérfano antes de su primer lustro, fue separado de su hermana mayor quien fue adoptada por una tía; mientras él se fue a vivir a casa de sus abuelos paternos. Vio a su hermana por última vez cuando ella tenía diez años, ya que la muerte se la llevó al año siguiente. En 1906, cuando apenas tenía siete años se tuvo que despedir de su abuela y en 1914 se quedó sin familia cuando perdió a su abuelo, ya ciego. Yasunari Kawabata había presenciado como El Dueño de lo Efímero le había arrebatado a toda su familia en sólo quince años de existencia.

Lector voraz y escritor precoz, también coqueteó con el cine en su juventud, aprovechando todo el tiempo libre que le ofrecía su incurable insomnio.

Entre los relatos que escribió de joven destacan ‘Diario de mi decimosexto año’ y sobre todo ‘La bailarina de Izu’, donde ya empezó a perfilar los temas a los que recurriría en su literatura: En el primero está muy presente la agonía de vivir en vecindad de la muerte y la inevitable ida de todo aquello que amamos. En el segundo toma el relevo la fugacidad del amor y la soledad inherente de nuestras vidas. Ambas comparten el lirismo y delicadeza que tanto aplaudió el jurado sueco cuando decidió entregarle el Nobel de Literatura.

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Yasunari Kawabata recibiendo el Premio Nobel de Literatura, 1968

Por su maestría narrativa, que expresa con gran sensibilidad la esencia de la mente japonesa. – Jurado del Nobel.

El protagonista de ‘La bailarina de Izu’, es un joven tímido y reflexivo que vaga hacia ninguna parte en la península de Izu y que cree haberse enamorado de la hija menor de una familia de músicos ambulantes que conoce en el camino. El relato es tan conocido en el país nipón que el término odoriko (bailarina) se utiliza para designar a los expresos que se dirigen a dicha zona.

En ‘Diario de mi decimosexto año’ el protagonista también es joven, un adolescente desorientado y frágil que sufre la muerte de su abuelo. Resulta innegable que en ambos casos estamos ante relatos de fuerte carácter biográfico.

Pese a lo arraigado que está el concepto ‘mono no aware’ (la fragilidad de lo efímero) en el pensamiento japonés, la vida no tuvo piedad a la hora de recordarle al joven Yasunari que todo es finito.

Kawabata mantuvo en vida una estrecha relación con dos de los más grandes autores de la literatura japonesa, Ruynosuke Akutagawa y Yukio Mishima. El primero fue su mentor, el segundo su discípulo.

Ambos se suicidaron.

Akutagawa se suicidó en 1927 a los 35 años mediante una sobredosis de barbital. Con la muerte de Mishima, más conocida pero también más dramática, me extenderé algunas líneas más.

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Yukio Mishima, 1970

El 25 de noviembre de 1970, Yukio Mishima realizó la muerte del seppuku con una planificación escrupulosa que incluía la última entrega de su tetralogía ‘El mar de la fertilidad’ y ahorros para la defensa del juicio de los compañeros que le asistieron hasta la posterior decapitación, parte del tétrico ritual.

Yukio Mishima era por aquel entonces un joven asqueado del Japón de la posguerra. Un nostálgico de la época imperial que después de haber sido entrenado en el ejército japonés formó la Tatenokai (‘Sociedad del Escudo’), milicia privada compuesta por jóvenes patriotas.

Precisamente acompañado por cuatro miembros de la Tatenokai, Yukio Mishima entró en el cuartel general de Tokio en busca de un golpe de estado que devolviese al Emperador a su legítimo lugar. Los cinco jóvenes cercaron el despacho del comandante con barricadas y ataron a éste en una silla. Mishima, con un manifiesto en la mano y pancartas que enumeraban sus peticiones bajo los brazos, salió al balcón para dirigirse a los soldados con un discurso inspirador y así iniciar el alzamiento. Lejos de eso, no pudo hacerse oír, por lo que al cabo de pocos minutos regresó al despacho y llevó a cabo su seppuku. Pero ni siquiera el ritual respetó los deseos de Mishima.

Masakatsu Morita, miembro de la Tatenokai no fue capaz de cumplir adecuadamente la tarea de la decapitación, y después de varios intentos fallidos, otro miembro de la Tatenokai, Hiroyasu Koga, culminó la tarea. Acto seguido Morita realizó su propio seppuku y fue también decapitado por Koga. En ese escenario fue encontrado el jisei no ku (poema de despedida) de Yukio Mishima.

De este modo, rodeado de sangre, tumultos, policías y soldados; Mishima, quien no soportaba la decadencia de su amado país y sufría de problemas personales (su homosexualidad lo hacía sentir culpable, narcisismo, masoquismo, exhibicionismo, etc.) dejó el mundo de los vivos y un legado literario que el propio Kawabata admiraba profundamente.

No entiendo cómo me han dado el premio Nobel a mí en vez de a Mishima. Un talento como el suyo sólo aparece una vez cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras. – Yasunari Kawabata.

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Pese a que la soledad y la muerte son temas recurrentes en las obras (y vida) de Kawabata, la devoción que siente el japonés por la belleza hace que su escritura esté bañada en delicadeza y lirismo, los cuales embelesan al lector y lo alejan de sentimientos monocromáticos. La literatura de Kawabata no es un drama desolador, sino el retrato de una tristeza que todos aceptamos como parte de la vida. Flores marchitas que renacen en primavera para recaer en otoño.

Un ejemplo de ello lo tenemos en ‘La casa de las bellas durmientes’, Una de mis favoritas del autor, donde la soledad de la vejez se contrarresta con la belleza corpórea de mujeres jóvenes. En este onírico relato, probablemente el más políticamente incorrecto del autor, Kawabata aúna los reflexiones, sueños y recuerdos de un hombre anciano que decide pasar los últimos años de su vida en un burdel secreto donde los clientes tiene derecho a dormir junto a vírgenes narcotizadas.

Las olas rompían con suavidad contra el acantilado. El lugar era como una casa encantada en medio del silencio y la soledad. Se estremeció. Había salido con un quimono de algodón. (La casa de las bellas durmientes)

Esta perturbadora premisa abre paso a las reflexiones existencialistas de Eguchi, un anciano que vive en la agonía del saber que la muerte acecha. Un relato de inquietante belleza, de prosa poética y evocadora, donde los miedos y la inevitable soledad ante la muerte se refugian entre las sábanas de cuerpos sin vestigios del paso del tiempo.

Los mismos temas recorren las páginas de ‘Mil Grullas’ o ‘El Rumor de la Montaña’. En esta última novela se narran las vivencias de una familia encabezada por un anciano que no está tan senil como los demás miembros creen. Las luchas vitales de todos ellos (contra el amor, contra la muerte) son narradas con una excelsa pluma que aquí también desnuda con embriagadora belleza los pensamientos del abuelo impregnados de aromas, imágenes y sonidos de la naturaleza. La desdicha humana frente al indiferente esplendor de los paisajes naturales de las montañas japonesas.

En ‘Lo Bello y Lo Triste’ y ‘País de Nieve’ la soledad también es uno de los pilares narrativos, pero aquí Kawabata nos habla de otro tipo de soledad, la soledad en el ocaso del matrimonio. Esa soledad independiente al número de la gente que nos rodea, robando las punzantes palabras de Richard Yates.

Being alone has nothing to do with how many people are around. (Revolutionary Road, 1961)

‘Lo Bello y Lo Triste’ narra la búsqueda de un antiguo amor por parte de un escritor casado, en una escapada a la bella ciudad de Kioto. Allí se dibujará un triángulo de amor y destrucción que provocará un caos emocional inesperado para todos los involucrados. En este relato Kawabata lleva su maestría psicológica y su poder seductor a su máximo esplendor ofreciendo páginas de gran carga erótica. Un libro esculpido en contrastes donde la frialdad y la pasión, el recuerdo y el olvido o el rencor y la compasión buscan un imposible lugar común.

En ‘País de Nieve’, Shimamura, un hombre rico y experto en ballet occidental, viaja a la región más fría de Japón atraído por la belleza del lugar y su tradicional forma de vida; pero también por Komako, una maiko (aprendiz de geisha) que conoció en un viaje anterior.

Él huye de un matrimonio sombrío y busca pasiones perdidas en el tiempo, ella lamenta su vulnerabilidad y encuentra la madurez ante los ojos de un amante que no le corresponde con la intensidad que ella cree que merece. Ambos se plantean dilemas: Shimamura es consciente de no corresponder a la joven maiko, pero está fascinado por la intensidad amorosa que desprende la joven. Komako no desea un amor no correspondido, pero ama. Mientras, en las sombras de los níveos paisajes, una misteriosa mujer llamada Oko teje su destino al de la pareja.

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Hay mosquitos -dijo ella de pronto, y se puso de pie y sacudió las faldas de su kimono. En la solitaria quietud del bosque ni uno ni el otro tenían algo que decir. (País de nieve)

Yasunari Kawabata escribió la última página de su vida con su característico lirismo: triste, misterioso y melancólico. En su ficción dejó retazos de su vida; en los últimos compases de su vida, huellas de su ficción.

El 16 de abril de 1972, en un pequeño apartamento a las orillas del mar de Kanagawa, un anciano Yasunari dejó las llaves del paso de gas abiertas y se despidió del mundo efímero para sellar su nombre en la atemporalidad.

La intencionalidad de su muerte es un misterio. Algunos defienden el hecho como un accidente, entre ellos su viuda, alegando que Kawabata desenchufó por error el grifo del gas mientras preparaba un baño. Los que creen que existían motivos para el suicidio poseen un abanico de argumentaciones más amplio. Algunos sostienen el descubrimiento de la enfermedad de Parkinson, otros una relación amorosa ilícita y no son pocos los que mencionan el trauma sufrido dos años antes por el suicidio de su amigo Yukio Mishima, en 1970.

A diferencia de Mishima, Kawabata no dejó ninguna nota de despedida y en sus obras tampoco se profundizaba sobre el tema del suicidio. Es por ello que sus motivos, de haberlos, siguen siendo un misterio.

Sin embargo, Takeo Okuno, su biógrafo japonés, afirma que Yasunari Kawabata tuvo pesadillas durante más de doscientas noches seguidas, en las cuales el fantasma de Mishima le perseguía incesantemente. Esa falta de descanso lo consumió lentamente hasta llegar a una depresión en la que llegó a confesar a sus más íntimos amigos que a veces deseaba que en sus viajes el avión se estrellase.

Como su propio nombre, la duda sobre la naturaleza de su despedida perdurará para siempre. Yasunari Kawabata mantuvo su enigmática e indescifrable aura hasta el último momento. En vida y en literatura.

Nadie mejor que el espectro de Mishima para despedir el artículo. Al fin y al cabo, sólo él acompañó al maestro Kawabata en vida y muerte.

Las obras de Kawabata unen la delicadeza con el vigor, la elegancia con la conciencia de lo más bajo de la naturaleza humana; su claridad encierra una insondable nobleza. Son modernas aunque directamente inspiradas en la filosofía solitaria de los monjes del Japón medieval. Bellos ecos de la literatura budista. – Yukio Mishima

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11 comentarios en “La soledad de Yasunari Kawabata

    1. Diana, disculpa mi tardanza en responderte por aquí. Al poco tiempo de publicar la entrada murió mi portátil y he tenido el blog algo abandonado estos días.

      Tal y como te comenté por otras vías: GRACIAS. No sabes lo que significa para mí que una lectora como tú me dedique tan amables palabras. No hay nada más bello para quien escribe que “llegar a alguien”, por lo que has convertido esta entrada en algo muy especial para mí.

      Te agradezco profundamente el comentario, Yasunari Kawabata ocupa un lugar muy especial en mi vida y gracias a ti ese vínculo ha sido reforzado.

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  1. ¡MARAVILLOSA!
    Ya te lo comenté ayer y lo reitero hoy, después de una segunda lectura que me ha gustado más, si cabe.
    Un artículo bellísimo y melancólico que transmite una sensibilidad tan tan bonita…Realmente creo que evoca la obra de Kawabata. Si algo me gusta de la cultura japonesa es esa sensibilidad y belleza que transmiten incluso en los momentos tristes, lo que occidente ve como algo tabú (soledad, miedo, tristeza…) ellos, dan una vuelta de tuerca y, lejos de avergonzarse por esos sentimientos tan humanos, los expresan, ensalzan…,les dan voz.
    Un homenaje precioso, John. Creo que cualquier persona que lea el artículo y no haya leído a Yasunari, va a picar con algún libro suyo, seguro. Estoy encantada de poder leer este previo, para adentrarme un poquito más en la obra de este autor.
    ¡Un besazo!

    PD: ¿<> siempre me dejas sin palabras. 😉

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    1. Pd: (No se por qué el posdata anterior no ha salido completo, y como no puedo editar el comentario te lo vuelvo a dejar aquí: “¿Dueño de lo efímero y fugaz…” siempre me dejas sin palabras. 😉

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    2. Eres un sol, Eibi.

      Precisamente una de las cosas que buscaba con este artículo era la de emular su literatura e intentar despertar sensaciones parecidas. Leer en tu comentario conceptos como el de la belleza, la sensibilidad o la melancolía me hace muy feliz. Desconozco si escribo bonito, pero ojalá todos me leyesen con tus ojos.

      Conoces bien mi fascinación por las artes japonesas por lo que poco más voy a añadir a todo lo que comentas. Ojalá más lectores vean en este pequeño homenaje una invitación para adentrarse en la literatura de Kawabata. Yo siempre estaré disponible para conversar sobre ello. Y si es contigo, ¡más!

      ¡Besos!

      P.D: Y pronto…

      “Te deslizas en mi mano como arena,
      en las sombras lúgubres de tu condena”.

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  2. Excelente artículo. Me ha gustado muchísimo y me ha despertado el apetito por esos escritores japoneses que desconozco. Creo que comenzaré por Mishima.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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  3. Tenía pendiente dejarte un comentario con un poco más de tiempo. Me quito el sombrero con tu artículo, fantástico. Muy informativo pero también aportas mucho de ti como lector, y el estilo está perfectamente mimetizado con el contenido. ¡Gran trabajo, amigo!

    Solo he leído dos Kawabatas y de momento mi favorito es El rumor de la montaña (seguro que has visto la peli, me encantó). Aunque te debo de confesar que de momento con Mishima no he tenido tanta suerte, no enganché con las Confesiones de una máscara. Seguiremos intentándolo con estos autores, porque después de Las hermanas Makioka estoy muy nipona. ¡Besos!

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    1. Muchas gracias por tus palabras Cris, todo un honor ver que has disfrutado del artículo. Precisamente eso era lo que buscaba, compartir la literatura de Kawabata tocando algunos de sus trabajos y desnudarme como lector suyo: mostrar cómo me abraza de forma hipnótica la sensibilidad que muestra hacia la soledad.

      ‘El rumor de la montaña’ también se encuentra entre mis trabajos favoritos, y la película también me fascinó. De Naruse te recomiendo (si no la tienes vista) ‘Cuando una mujer sube la escalera’, creo que encaja en tus gustos cinéfilos.

      Y si aceptas mi humilde consejo, con Mishima puedes probar con otro tipo de rumor: ‘El rumor del oleaje’, un precioso y sutil relato del primer amor. Y si antes que segundas oportunidades prefieres optar por otros autores, el abanico disponible es muy amplio. Ya nos contarás.

      Seguiré de cerca tus lecturas niponas, bueno… tus lecturas, vengan de donde vengan, que siempre es un placer leerte.

      Gracias por la visita, ¡Besos!

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